Por Humberto Bautista Rodríguez

El cáncer de riñón representa del 2 al 4% de los tumores sólidos en las personas, resultando en el diagnóstico de 330,000 casos a nivel mundial y teniendo una mortalidad relativamente elevada, dándole el lugar 14 ante vidas cobradas por cáncer. Este cáncer es uno de los menos frecuentes, el GLOBOCAN ha determinado que ocupa el lugar número 15 en frecuencia de casos y que a nivel mundial se estima que actualmente existen 1.2 millones de pacientes que presentan esta enfermedad en sus distintas etapas.

Los síntomas de esta enfermedad son variados, el más común se manifiesta al momento de orinar, donde se puede presentar sangre en la orina; este tipo de alteración es conocida como hematuria. Otro síntoma es dolor en el flanco (la zona baja lateral de la espalda) donde está ubicado el riñón. En otras ocasiones puede ser que se detecte alguna masa o bulto en el flanco.

Estos síntomas hacen la triada diagnóstica, pero sólo el 10% de los pacientes desarrollan esta sintomatología simultánea. Muchos pacientes desarrollan dolor y hematuria en conjunto; pero ante la sola presencia de hematuria, es imperativo acudir con un especialista para una revisión. Ésta contendrá una radiografía de tórax, que es muy sencilla de realizar, y otras pruebas obligadas como una urotomografía y resonancia magnética contrastada de abdomen y pelvis.

Debido a que no es común ni saludable presentar sangre en la orina, que bien puede ser originado por una infección, es mejor prevenir que lamentar. Desafortunadamente aún se sigue practicando la Medicina Curativa-Paliativa, aunque lo más recomendable es practicar y desarrollar la Medicina Preventiva. Esto no depende del médico, sino de ti como persona y ciudadano responsable.

¿Cuál es la diferencia en esta enfermedad oncológica con respecto a las demás? Además de la incidencia –que afortunadamente es baja- el tipo de tratamiento es sumamente distinto, ya que es un tumor quimioresistente; es decir, es resistente al ataque con quimioterapia, por lo que no existe beneficio en aplicar este tipo de tratamiento. Lo más conveniente es realizar la cirugía, retirando el tejido dañado pero preservando el riñón, siempre y cuando se pueda conservar la función del mismo (nefrectomía parcial); o teniendo que retirar todo el riñón porque el tumor ha dañado todo y no se puede salvar el órgano (nefrectomía radical).

Pero solo el Urólogo, o mejor dicho el Uro-Oncólogo, es quien decidirá cuál es la cirugía más conveniente, y junto con el paciente, decidirá la mejor vía de abordaje. Las cirugías pueden realizarse de manera abierta, en la cual se puede acceder a toda la cavidad pero la recuperación es más larga e incómoda para el paciente por la herida quirúrgica; y también puede ser por vía laparoscópica, en la cual se realizan tres pequeñas perforaciones en el vientre por las que se introducen la cámara y las herramientas, siendo menormente invasiva y con recuperación más rápida. Cualquiera de las vías es recomendable, pero dependerá del cirujano y de la viabilidad de salvar el riñón.

Sin embargo, esta enfermedad también puede ser asintomática y no da indicios de forma directa, sólo malestares que podemos dejar pasar erróneamente, permitiendo que la enfermedad avance más. Aquí me refiero a una enfermedad avanzada, que además de presentarse en el riñón se desarrolla a nivel pulmonar, tejidos blandos, hueso, hígado o sistema nervioso central, haciendo el abordaje más complicado y con menos posibilidades de control.

Este panorama era muy sombrío y negativo, pero la medicina ha desarrollado dos mecanismos para tratar a los pacientes en estas condiciones: la terapia blanco molecular (que ubica las células malignas para lograrlas dañar) y la inmunoterapia (que estimula el sistema inmune para atacar las células oncológicas). Ambas son vías eficaces que han demostrado beneficio para la sobrevida de las personas que no podían recibir un rescate quirúrgico; pero estos tratamientos requieren de la aplicación y supervisión del Oncólogo para monitorear al paciente y no todas las personas son candidatas a recibirlas.

También se han desarrollado mecanismos diagnósticos y tratamientos más eficaces para poder combatir la enfermedad, presentando un antes y un después que ofrece una mejor sobrevida para la persona portadora del cáncer; ¿pero, la ciudadanía realmente busca una estabilidad?

Se continúan con hábitos nocivos como el tabaquismo, que incrementa el riesgo en 50% para hombres y 20% en mujeres para desarrollar cáncer renal y que ante mayor exposición y mayor número de cigarros incrementa el porcentaje de incidencia. También se ha ligado la obesidad, donde 24% de los pacientes con cáncer renal presentan problemas de sobrepeso y que el riesgo de padecerlo aumenta 4% por cada unidad que aumente el Índice de Masa Corporal.

Estos dos importantes factores de riesgo son ligados o derivados de nuestros hábitos de vida y alimenticios, los cuales dependen de las decisiones que tomemos, en favor de mantener o limitar nuestra salud. Es nuestra responsabilidad como ciudadanos el buscar lograr una estabilidad y cuidar nuestra salud. Hay descubrimientos médicos todos los días; pero todos los días debemos cuidar nuestra salud.

 

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