Los casos y cuadros de ansiedad, insomnio y depresión se han disparado hasta en un 30% desde el inicio de la pandemia, y lejos de atenuarse, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya alerta de que la nueva pandemia será la psicológica. Pero la Covid-19 ha puesto a prueba los recursos emocionales y personales de cada uno. Y, en suma, las personas con alta inteligencia emocional, aquellas que han gestionado mejor sus emociones, han sobrellevado mejor los altibajos de esta crisis global.

Cultivar estos recursos personales y emocionales, sin embargo, requiere tiempo y dedicación. Pablo Fernández-Berrocal, catedrático de Psicología en la Universidad de Málaga, director del Laboratorio de Emociones y experto en Inteligencia Emocional, destaca la utilidad y relevancia de aprender psicología: “Disponer de las herramientas y saber cómo usarlas se-ría como tener un gimnasio para la mente.

La gente no entrena porque esté mal, lo hace para evitar lesiones. Y debemos tener los mecanismos para afrontar los dos grandes retos de nuestro cerebro: conocernos a nosotros mismos—y no autoengañarnos—y comprender a los demás. Esto último es muy complejo y nos define como homo sapiens. Los libros adaptados de psicología, que recogen y simplifican años de investigación académica, por ejemplo, son un buen inicio”.

Un artículo publicado en febrero en la revista General Psychiatry recoge la necesidad de tomar medidas urgentes para la salud mental de los ciudadanos en la pandemia, que afectará principalmente a los grupos más vulnerables.

Las personas que han perdido a seres queridos y familiares, los jóvenes y adolescentes, pero también desempleados, personas en riesgo de exclusión social y aquellos con patologías psicológicas previas serán algunos de los más afectados. “Existe una necesidad urgente de reorganizar los servicios de salud mental existentes para abordar las necesidades insatisfechas”, dicen los autores del texto.

La OMS estima que el 9% de la población tiene algún tipo de problema de salud mental y el 25% lo desarrollará. Solo desde que empezó la pandemia, las consultas al psicólogo y al psiquiatra han aumentado en torno al 29%, según la Asociación Americana de Psicología. Pero la mayor parte de la demanda en atención psicológica se ha cubierto desde la iniciativa privada. No todo el mundo puede permitírselo.

Una realidad que ha afectado especialmente a los jóvenes y adolescentes. Para Javier Urra, doctor en Psicología y ex Defensor del Menor, existe una conexión clara entre esta etapa y el resto de la vida: “El 80% de enfermedades mentales en adultos nacen en la adolescencia.

Tratarlo adecuadamente tiene una repercusión muy importante”. El caso de los adolescentes es especialmente llamativo. Durante el confinamiento, continúa Urra, no sufrieron tanto como otros grupos de población por su experiencia con la digitalización y el uso de internet para relacionarse. Los problemas, especialmente a nivel de salud mental, han empezado a manifestarse a posteriori. “Se han dado cuenta de que han perdido un año de una etapa que es única” dice el psicólogo, y añade “esto no lo verbalizan, pero sí lo captan”.

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