Como hemos hablado en otros artículos, la deshidratación no siempre obedece a las mismas causas, ni tiene las mismas consecuencias, por eso es muy importante identificar el tipo de  deshidratación que una persona está sufriendo.

En términos generales, la deshidratación se diferencia por la cantidad de líquido perdido, la velocidad de la pérdida y la pérdida paralela de electrolitos.

Lo anterior resulta en la presencia de distintos síntomas vinculados con los porcentajes de pérdida de agua corporal, así como en la forma en la que dicha pérdida se presenta. La pérdida puede ser gradual, es decir, que se da de manera paulatina, permitiendo al organismo activar mecanismos compensatorios; aunque también puede ser brusca, cuando los síntomas son más graves y rápidos.

Los síntomas de la deshidratación pueden variar dependiendo de la gravedad, yendo desde la presencia de sed, al incremento en la temperatura corporal; y en casos extremos, a la falla renal, la disminución del flujo sanguíneo y la presión arterial.

Cuando se presenta pérdida de electrolitos a causa de la deshidratación, ésta se clasifica en:

  • Deshidratación Isotónica: cuando la pérdida de agua es similar a la pérdida de solutos.
  • Deshidratación Hipertónica: cuando la pérdida de agua libre es mayor a la de solutos.
  • Deshidratación Hipotónica: cuando se pierde más sodio que agua.

Para evitar las consecuencias graves de la deshidratación, es recomendable mantener una ingesta diaria de 2 a 3 litros de agua, aumentando el consumo en casos de práctica de deporte, aumento de temperatura en épocas de calor y durante el embarazo.

En los casos de deshidratación por pérdida de sodio, es muy importante recuperar la hidratación a través de la ingesta electrolitos, ya que éstos promueven en el restablecimiento adecuado del organismo.

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